Una nueva vida: digitalización de un gigante de la música en vivo

“Todo aniversario invita a la introspección, pero algunos la hacen ineludible. La fascinación por el sistema decimal, sobre la que ironizaba Borges, atribuye significados místicos a ciertas efemérides y llegar a cincuenta años es, para las personas y para las entidades, un momento particular, propicio a revisar la propia historia”.

La propia historia, en este caso, incluye miles de presentaciones y horas entregadas al disfrute pleno de la música: la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá, completó 50 años de existencia en 2016. Como parte de los festejos se comisionó un libro para interpretar el legado de este lugar, tanto como institución cultural, como arquitectónica. Las palabras de apertura de esta nota, escritas por Alberto de Bigrad Pérez, pertenecen a ese texto.

Pero esto fue el año pasado. Y, como dice el refrán, la música debe continuar. El problema es que la experiencia musical en vivo suele tener problemas al atravesar la barrera del tiempo. En muy buena parte, un concierto se agota al instante, arde en el fuego de lo inmediato. ¿Qué significa, entonces, hablar del legado cultural de un escenario hecho para la música en vivo?

Significa, en primer lugar, miles de horas de grabación de buena parte de casi todas las presentaciones de la sala. Pero de esas hablaremos un poco después. Y también entraña una base de datos: la memoria de quién tocó qué pieza y cuándo.

“Cuando arrancamos el proyecto de Opus, lo veíamos como una herramienta de consulta interna, algo que me iba a facilitar la tarea de programar los conciertos de la sala, porque así tendría más elementos para decidir”. Mauricio Peña es el jefe de la sección de Artes Musicales del Banco de la República y habla de una labor que empezó a discutir entre 2010 y 2011.

Opus es el trabajo de varios años de digitalización de la memoria de quien ha pasado por la Sala de Conciertos. Cada presentación, en términos de datos, incluye artistas, piezas interpretadas, fechas y el programa de mano entregado al público, además de observaciones como la formación del Cuarteto Émerson en su presentación de mayo de 2011, cuando el violonchelista David Finckel aún formaba parte de la agrupación, por ejemplo.

La memoria existía, aunque dormitaba en un antiguo sistema de la biblioteca, incapaz de ser exportado, compartido, rediseñado. En últimas, los datos estaban (en su mayoría), pero en una especie de bóveda de información.

La primera labor fue hacer el traslado de esos datos a un sistema más moderno, con el cual se pudieran hacer otras cosas. “En un punto nos dimos cuenta de que esta es la memoria viva de un escenario importantísimo. Y que sería ideal poner al servicio de la gente todos estos datos”.

Peña habla con emoción de una labor que, en la práctica, puede no tener nada de emocionante. En últimas, se trata de adecuar una gran base de datos llena de oportunidades de mejorar. Traducción: un cúmulo vasto de información con necesidades de ser reinterpretada para convertirla en una pieza funcional e, incluso, fundamental.

La biblioteca ha emprendido desde hace unos años varios proyectos de digitalización de su contenido que van más allá de lo evidente, pasar a bits y a servidores los cientos de miles de páginas que duermen en sus colecciones. La idea es entregarle una nueva vida a la labor cultural de un espacio que está diseñado para guardar memoria: nuevos usos para nuevos usuarios y para nuevas formas de consulta y aproximación a la cultura.

Lo interesante es que algunos de estos enfoques prescinden de la pirotecnia innecesaria que suele engalanar la palabra tecnología. No es obsolescencia programada, sino más bien una resistencia a lo inútil; una conducta que resulta refrescante a la hora de hablar de una institución de este tamaño.

Opus encarna una buena prueba de este mantra. Puede no ser la tecnología más atractiva y deslumbrante de todas. Pero es una fórmula que funciona y que cumple un propósito fundamental con una solución tan espartana, como elegante.

La sola construcción de una base de datos de consulta pública ha supuesto una suerte de cambio de visión. Por ejemplo, no se hacían fotos de las presentaciones, de los conciertos como tal. Ahora sí. Los programas de mano se subían en su versión impresa, pero resulta que a veces los artistas cambian de parecer y el programa queda desactualizado de un plumazo. “Hoy tenemos una persona con quien arreglamos el programa y lo corregimos y lo ampliamos para incluir si hubo un bis, por ejemplo”, cuenta Peña.

Ahora bien, una de las piezas más valiosas del legado cultural de la sala son los audios de las presentaciones. Pero, a pesar de tener los registros (que son más que registros desde hace un rato gracias a la calidad de los audios), éstos no pueden ser consultados como parte de Opus, por temas de derechos de autor.

Cada presentación probablemente tendría que ser autorizada por el artista para poder subirla a la plataforma, o al menos una pequeña parte de ella. Es una labor dispendiosa y quizás imposible en toda su extensión. Cabe aclarar que las grabaciones pueden ser consultadas físicamente en la biblioteca.

Pero esto quiebra en cierta parte las posibilidades y los alcances de un proyecto como Opus, que no persigue el lucro, sino la difusión de la cultura. En esta ocasión, a pesar de tratarse de una institución de gran tamaño, construida con base en papel, con procesos y burocracias internas, el cambio hacia lo digital ha ido sucediendo gracias a la tecnología. En este caso, la culpa no pareciera de los ingenieros, sino de los abogados.